sons..


martes, 29 de septiembre de 2009

Y la rutina se transformó en ritual.
Cada noche, entre la tregua de silenciosos soñadores y el murmullo de insanas lenguas bífidas, la pequeña solitaria encontraba su momento, llena de yagas, y salivaba, con la sonrisa que asoma de una cara paralizada por lo que otros considerarían decepción.
Sólo bastaba un gesto, un sutíl movimiento, para que las efectivas glándulas comenzasen su labor, el ronroneo, acunándola, en su globo; el embrión que se retuerce, cual larva que crece...

jueves, 10 de septiembre de 2009


Aquella tarde en el parque fue un borrón, una pincelada más entre tantas consecutivas, e inexperta no supo actuar. En un acto de masoquismo continuado se dejó pisotear, cual colilla, arañando la vejación. No supo dejarle ir ni admitir un final inconcluso. Nuestra historia no admite finales, se habían confesado entre sábanas bañadas de fluídos. De nuevo, pobre iluso...
Apenas había cuatro perros, cagando entre arbustos, escondiendo su intimidad, con orejas gachas e indefensos, cuando se acercó a ella, y a punto estuvo de abofetearle la cara. La besó, y mordió su labio inferior hasta el punto de hacerle sangre. Sintió una pequeña erección, y la empujó, violento. Acto seguido, sollozando en su virilidad, comenzó a golpear el tronco vecino con la correa que ataba aquellos cuadrúpedos. Dejó cicatrices en el árbol, y se golpeó a sí mismo, dejando también marcas de cruces en sus manos, su fetiche, su recuerdo.
Puta, ¡déjame escapar!
Esos perros defecando eran los testigos de un acto violento repleto de amor, de la desconexión de dos almas gemelas, de dos amigos que no podrían separarse a no ser que se hartasen a hostias. Los canes lo sintieron, presintieron el final, o el punto y coma, y comenzaron a aullar, los cuatro a la par, a modo de auxilo. Uno se acercó al muchacho, y emitió un sonido agudo; gritaba a su manera, ya que no podía morderle, le faltaban tres dientes. Al verlo acercarse le deseó la muerte, al huesudo chucho fanado y a su niña; deseó verlos muertos, sangrando, escupiendo los asquerosos bichos que se habían instalado en sus entrañas, porque la amaba, tanto que sólo con la muerte podría imaginar olvidarla, y recuperar así tan ansiada libertad. Egoísta.
No lo sabía, pero ella sí. Siempre lo supo. Era lista, observadora en su silencio, en su agonía, en su muerte, y aquellos sucesos le cambiaron la mirada, lastimada, con un nuevo miedo desde ese mismo instante, fobia canina podría llamarse...

miércoles, 9 de septiembre de 2009


Se conocían, se habían follado incontables veces, pero nunca como aquella noche.
El reencuentro fue fatal, completó un ciclo inacabado, expresó el grito a modo de auxilio, el odio contenido, el amor perdido, el sexo real, el dolor extremo, hasta la parálisis, hasta los calambres, hasta el puto éxtasis.

No le dejó hacer, ella controlaba la situación, y no podría haber sido de otro modo. Hasta las entrañas, rozando el alma.
Actuaron bajo impulsos, bailaron un ritmo conocido, agónico, casi muerto, y jugaron a ser, sin ser, sintiendo..

..Confuso, respiró profundo y dijo que siempre la querría.

pobre iluso.